Todo comenzó cuando tenía solo 5.
Ahí, escondido entre mis primos en el dintel de la puerta, conocí el amor romántico por primera vez. Me enamoré de una computadora y las posibilidades que esto traía. Yo sentía que podía ser un amor correspondido.
Pero bueno, no voy a hablar de eso ahora (la edición sobre tecnofilia y fetiches informáticos aún no está definida) sino voy a hablar de la primera vez que me enamoré de una mujer de 8 bits, sin saberlo, mientras jugaba un juego de video.
Para este punto, ya había jugado varias cosas. Me había comido la colección de juegos de Commodore que tenía mi papá, y había conocido a Mario y a Tetris gracias al Gameboy de mi ñaño. Ya hasta sabía yo de ese sistema operativo que me hacía sentir un hacker, el DOS con su parlante interno escandaloso y sus teclas taca taca que a cualquier tecladista que se respete provoca un gusto nostálgico que no sale así nomás con cualquier cosa. Yo tenía 10 años, pero aún faltaba lo mejor.
Como dije, para este punto yo ya tenía una década de existencia y algunas veces las niñas ya me parecían bonitas (es más, ahí le vi semi sonreír por primera vez a Cristina Ricci en Los Addams 2 cuando le obligan a ser amigable en el campamento y me fregué la vida con las mujeres con cachitos y tendencias homicidas). A esa edad, todos mis amigos tenían su juego favorito, casi siempre porque era el juego que tenían en casa, así que este tal Metroid llegó a mis manos de préstamo a cambio de Megaman 3. Un amigo al que no le gustaba el juego me contó de esta aventura donde un cazarecompensas mataba cuquitos. No había más información que esa para empezar, pero para mi era suficiente.
Acepté el intercambio, salí de clases, llegué a casa y puse la cocoa en la taza de colacao, la super 9 de fondo y la tele en el canal 3. Me puse a jugar y empecé a conectarme con el personaje. La primera sesión, estaba frustrado. No podía nada. La segunda, igual, muerto de iras. Para la cuarta o quinta vida, ya le agarraba el golpe pero me seguían pateando el trasero. Pasaron algunas semanas y cada tarde tenía una cita con este juego. Metroid me escuchaba en mis malos días, Metroid me acolitaba y no me juzgaba. Metroid cada vez me daba menos malos ratos y más logros y alegrías.
Así nomás, un día al fin llegué a su final. Casi casi sin darme cuenta, esto estaba por acabar/comenzar.
La canción de fondo había cambiado. El cuarto estaba más oscuro. Madre cerebro estaba ahí, con sus escudos y sus ataques combinados, con sus misiles y sus pinches loops de daño. Yo peleaba, yo me dejaba llevar por la música.
Ese personaje de Metroid y yo, éramos uno y estábamos ganándole al cuco más maldito que había visto hasta ese punto.
Al fin, lo logré. Al fin, lo logramos.
“GREAT” dijo el texto, mientras me salían un poco de cosas en inglés que no había entendido, pero sabía que al fin lo logramos. El personaje se sacó el casco. El personaje era ella. Ella era Samus. Samus, la cazarecompensas que había destruido a los piratas espaciales de Zebes, que había vencido a la madre cerebro, el personaje que me había llenado de alegría las tardes se llamaba Samus Aran. Era una rubia hermosa. Tenía todos los pixeles donde debía y una sonrisa que ninguna arte ASCII puede imitar.
Yo tenía 10, y me habia enamorado de la mujer más fuerte del universo sin darme cuenta. En ese momento, mi corazón saltó, sentí las maripositas, sentí que algo se elevaba en mi. Esa noche, me dormí sonriendo, me dormí sabiendo que habia encontrado al amor de mi vida.
Ya han pasado casi 30 años de esto, ahora Samus ha aparecido en una docena de juegos y definitivamente está fuera de mi liga. Ahora Samus es mi gata y uno de mis tatuajes más queridos. Samus sigue siendo mi primer amor platónico y mi más querida compañera de batallas digitales… Aunque últimamente le ando echando el ojo a una tal Bayonetta, que me tiene loquito con sus lentes y sus piruetas, con sus pixeles y sus efectos en HD.
A la final y muy en el fondo, mi amor es por los pixeles y las historias que cuentan, pero ya en serio, será que Bayonetta si me para bola?
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